Hoy es 4 de octubre. En dos días mi hijita cumple siete meses. En cinco, yo cumplo 32 años. Tengo una casa linda, con una galería, mucho pasto y una hamaca paraguaya. A falta de perro tengo una tortuga, Filomena, que heredé cuando murió mi querida Nona. Tengo el peso que alguna vez tuve y las tetas que siempre quise tener. Ventajas de la lactancia, vio. Pero, sobre todo, tengo una crisis que me está partiendo en dos. Justo ahora, si, la puta madre.
Entonces abro un cajón de la oficina y me encuentro con un cuaderno universitario usado. Lo miro y pienso "¡Cataaarsis!, ¡Catarsiiis!" Y aquí estoy, con un Avón mamarracheado y una Bic negra sin capuchón (suena obsoleto pero es real), dispuesta a llevarme por delante todo lo que se interponga en el camino hacia mi felicidad. Y la de mi hija.
Cosas del ser humano: cuanta más tristeza tengo, más ganas siento de ser feliz. Cuanto más quisiera desaparecer, más me empeño en hacerme visible. Puedo escribir con un nudo en la garganta y tengo fe en que la palabra me ayude. Y, si no, bueno, siempre me queda la opción de iniciarme en las drogas duras.
¡Bienvenidos a mi submundo!
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